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miércoles, 24 de septiembre de 2014

La humana vuelta del héroe



...Y en él fue creciendo un deseo de llanto, y lloraba abrazado a su fiel y amadísima esposa. Así como la tierra aparece tan grata a los náufragos,
los que Poseidón en el medio del mar echó a pique el armónico buque, a merced de las olas y el viento, y unos pocos consiguen salir de la espuma nadando y la orilla alcanzar, y sus cuerpos de sal se han vestido y con júbilo pisan la tierra, y a salvo de males, así ver a su esposo era dulce también para ella y sus brazos nevados seguían en torno a su cuello. Y llorando les viera la Aurora de dedos de rosa si Atenea, la diosa de claras pupilas, no hubiese alargado la noche en su fin; deteniendo en las aguas del Océano el áureo sitial de la Aurora, impidiéndole enganchar corceles que traen la luz al hombre.
Odisea, canto XXIII (traducción de Fernando Gutiérrez)

Ulises y el cíclope Polifemo


Yo le ofrecí de nuevo rojo vino. Tres veces se lo llevé y tres veces bebió sin medida. Después, cuando el rojo vino había invadido la mente del Cíclope, me dirigí a él con dulces palabras:
«cíclope, ¿me preguntas cuál es mi nombre? Te lo voy a decir, mas dame tú el don de la hospitalidad como me has prometido. Nadie es mi nombre, y Nadie me llaman mi madre y mi padre y mis compañeros».
Así hablé y él me contestó con ánimo cruel:
«A Nadie me lo comeré el último entre sus compañeros, y a los otros antes. Este será tu don de hospitalidad».
Dijo, y reclinándose cayó boca arriba. Estaba tumbado con su robusto cuello inclinado a un lado, y de su garganta saltaba vino y trozos de carne humana; eructaba cargado de vino. Entonces arrimé la estaca bajo el abundante rescoldo para que se calentara y comencé a animar con mi palabra a todos los compañeros, no fuera que alguien se me escapara por miedo. Y cuando en breve la estaca estaba a punto de arder en el fuego, verde como estaba, y se calentaba terriblemente, me acerqué y la saqué del fuego, y mis compañeros me rodearon, pues sin duda un demonio les infundió gran valor. Tomaron la aguda estaca de olivo y se la clavaron arriba en el ojo, y yo hacía fuerza desde arriba y le daba vueltas. Como cuando un hombre taladra con un trépano la madera destinada a un navío –otros abajo la atan a ambos lados con una correa y la madera gira continua, incesantemente–, así hacíamos dar vueltas, bien asida, a la estaca de punta de fuego en el ojo del cíclope, y la sangre corría por la estaca caliente. Al arder la pupila, el soplo del fuego le quemó los párpados, y las cejas y las raíces crepitaban por el fuego. Como cuando un herrero sumerge una gran hacha o una garlopa en agua fría para templarla, y esta estrinde grandemente –pues este es el poder del hierro–, así estridía su ojo en torno de la estaca de olivo. Y lanzó un gemido grande, horroroso, y la piedra retumbó en torno, y nosotros nos echamos a huir aterrorizados.
Odisea, canto IX, 360-398 (traducción de José Luis Calvo)

La nostalgia por el esposo


El aedo famoso cantaba ante ellos sentados, silenciosos; cantaba el aciago regreso que Palas Atenea infligió a los aqueos de vuelta de Troya. Desde arriba, en la casa, escuchaba la hija de Icario, la discreta Penélope, el canto, y el alma llegábale. De su alcoba bajó por la larga escalera, no sola porque dábanle fiel compañía a su lado dos siervas. Y al llegar ante los pretendientes, la joven divina se paró y apoyó en la columna que el sólido techo sustentaba, y un espléndido velo caíale sobre sus mejillas, y a un lado y a otro a las siervas tenía.
Y con llanto en los ojos hablóle al aedo divino:
«–Tú que sabes, ¡oh Femio!, contar cosas gratas al hombre, gestas de héroes y dioses, que luego el aedo celebra, cántales una de ellas, sentado a su lado; en silencio beban ellos el vino, mas cesa este cántico triste porque mi corazón se me ansía en el pecho al oírte, pues de mí se apodera un inmenso pesar que no olvido. ¡Ay, tal es la cabeza que lloro al pensar en el héroe cuya fama en la Hélade es tal y en el centro de Argos!»
Y, mirándola, prudentemente, le dijo Telémaco:
«–Madre mía, ¿por qué no deseas que tan digno aedo nos deleite en la forma en que quiera su espíritu hacerlo? Los culpables no son los aedos, es Zeus que concede a cada varón ingenioso lo que a él le parece. No censures a Femio que cuente el aciago destino de los dánaos; los hombres prefieren brindar sus elogios a los más nuevos cantos que puedan llegar a su oído. Tengan tu corazón y tu mente valor para oírlo, pues no solo Odiseo fue quien perdió en Troya su día del regreso, que innúmeros héroes también lo perdieron. Mas retorna a tu alcoba; en tus propios quehaceres ocúpate: el telar y la rueca, y ordena el trabajo a las siervas, porque hablar corresponde tan sólo a los hombres, a todos y a mí más que a ninguno, pues mío es el mando en la casa».
Asombrada, Penélope fuese a su alcoba, pensando todas esas discretas palabras que el hijo había dicho. Y una vez en la alcoba se halló con las siervas reunida,
a Odiseo, su amado consorte, lloró hasta que Atenea, la de claras pupilas, posó dulce sueño en sus párpados.
Odisea, canto I (traducción de Fernando Gutiérrez)